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Desde la óptica de las ciencias del ejercicio y la educación física se ha comprobado mediante diversos estudios e investigaciones que la actividad física regular contribuye a la prevención de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y regula neurotransmisores claves en pacientes con ansiedad, depresión y estrés. Dependiendo del nivel, en casos leves la actividad física puede ser una herramienta terapéutica principal, mientras que, en situaciones moderadas o graves, actúa como complemento esencial al tratamiento farmacológico. Por lo tanto, la actividad física no solo optimiza funciones cognitivas como la memoria, atención, velocidad de procesamiento, flexibilidad cognitiva, funciones ejecutivas, aprendizaje, lenguaje y razonamiento, sino que también promueve la neuroplasticidad, plasticidad sináptica, neurogénesis, el aumento del factor neurotrófico derivado del cerebro, entre otros, que son beneficiosos para mejorar la calidad de vida de una sociedad a largo plazo.